El cambio como elemento de supervivencia y éxito

«Esta es una época de vertiginosos cambios, relaciones turbulentas entre un presente y futuro muy entremezclados».

Así inicié el artículo anterior, y me parece que igual afirmación es la que corresponde para éste.

El cambio representa un gran problema en la mente de todo hombre.

Término en boga y de fácil enunciación pero pocas expresiones encierran tanto impacto en nuestra mente y actitud.

Todos tememos al cambio. El ser humano se siente cómodo y seguro en su realidad. Aún siendo ésta difícil de transitar, es una situación con variables conocidas, los límites están definidos y nos movemos en ella con relativa sencillez.

El cambio representa dejar de lado lo conocido para enfrentarnos a lo incierto y para colmo sin herramientas, dado que las que hasta ese momento hemos utilizado no son útiles para lo que se deviene.

Todos hemos estudiado y con sólo ver el proceso natural podemos ver al cambio como el elemento donde se estructura el proceso de la vida. La inteligencia nos lo señala como normal y bueno pero dentro nuestro se produce el cosquilleo de la inseguridad y como consecuencia de ello la resistencia a él.

La actividad económica se ha visto profundamente alterada por la velocidad del cambio en este mundo de relaciones globales, de calidad total, marketing, demanda decreciente, y revolución tecnológica.

La crisis ha provocado que las empresas se hallan visto obligadas a estudiar y reformular su estrategia, servicio y hasta su estructura. El cambio del contexto las ha impelido al cambio interno… o al fracaso.

Así somos espectadores y partícipes de nuevas tecnologías de conducción que nos hasta hace pocos años eran impensadas. Se creía que en administración ya estaba todo dicho y escrito y cuando se suponía que se conocían todas las respuestas la realidad, la evolución, cambió todas las preguntas.

La dirección empresaria, a los efectos de intentar sobrevivir y aspirar al éxito, debe incorporar a su estructura de pensamiento el factor de cambio y renovación constante. Recién allí podrá disponer de una verdadera ventaja competitiva.

Hay empresas y organizaciones que han asumido el desafío y así han modificado su estructura de pensamiento a fin de facilitarles el cambio en forma eficaz, corrigiendo sus procesos burocráticos, estrategias, servicio, sistemas operativos, productos … cultura. Lograron pasar de una posición de fortaleza a otra, así sucesivamente logrando colocarse por encima de la crisis que encierra y acorrala a su competencia.

El cambio y renovación es un proceso interminable, nunca finalizado y quizás esa es la característica más histriónica, temida y estimulante del concepto.

Seguramente es lo que adiciona diversión y aventura en la dirección empresaria. En una empresa con concepción y absolutamente comprometida con el cambio, el trabajo, representa un estímulo lleno de desafío y aventura.

No estamos hablando de ejecutivos alocados y enfundados dentro de un ropaje tipo «Indiana Jones». Los aventureros de este tipo no piensan en términos de organización. Son emprendedores independientes, unilaterales donde la adrenalina los lleva a encarar más y más proyectos sin apropiarse debidamente de ellos y sin pensar en un esquema empresario que conduzca a la estructura a una standard superior.

El cambio y renovación es el deseo de superación y éxito dentro de un marco de realidad conceptual y material. Debe centrarse el pensamiento en la idea de un ferviente constructor y no en un amante de los deportes extremos.

El cambio no puede ser buscado para calmar la sed de aventura o el aburrimiento. El cambio no puede desearse por el cambio mismo.

La concepción del cambio y renovación va de la mano con la creación de una conciencia y actitud que sobrevivirá a la gerencia misma. Para ello se requiere una posición de liderazgo tendiente a la formación de la estructura humana que conlleve tal postulado.

Preparados para lo inesperado.

La gerencia entrenada y comprometida con el cambio tienen una gran visión estratégica.

Esto es así dado que, usualmente, dichos hombres no se entrelazan en los intrincados detalles de los pronósticos. Visualizan un futuro por encima de la realidad que los circunda.

Probablemente sus planteos estratégicos adolecen de minuciosidad pero son precisos en cuanto a la dirección que debe tomar la organización para prevalecer.

Esta visualización del futuro también prepara a la organización para aceptar animadamente lo inesperado lo imprevisto.

No es que el amante del cambio deja de lado la preparación y la conformación de fortalezas y reservas. Sólo sabe que en busca de lo nuevo lo no-previsto es una realidad inseparable al igual que el riesgo y la oportunidad. Una cosa conlleva a la otra.

Estas organizaciones valoran especialmente a la información ya que les provee de la base de análisis para preparar el mañana y entienden a la flexibilidad como la herramienta estratégica por excelencia.

Siempre están a la espera de la oportunidad y están dispuestos a descubrirla y perseguirla hasta hacerla suya.

La verdadera virtud reside en que tal predisposición les permite presentir el momento de oportunidad aún cuando éste (como siempre sucede) se presenta en forma imprevista.

Sentir la oportunidad antes que los otros, verla, actuar consecuentemente y ser firmes en su decisión cuando otros dudan hacen de estas organizaciones una estructura de evolución constante. Y -como antes dijimos- esa es su gran ventaja competitiva.

La capacidad innovadora y la dirección esta en el hombre.

La dirección con criterio de cambio y renovación sabe que la fuente de la creatividad necesaria para el desarrollo se encuentra alojada en la gente.

Dicha dirección no es fácil de clasificar según las normas habituales de conducción de personal.

Ellos definen y transmiten los objetivos a alcanzar señalando la importancia que tienen los mismos en virtud de su valor intrínseco como dentro de un enfoque sistémico.

El personal, recepcionando dicho mensaje, determina la mejor forma de alcanzar los mismos.

El estilo gerencial es una mezcla correctamente dosificada de discrecionalidad y participación.

La dirección concentra su atención en los resultados permitiendo que su gente decida la mejor forma de llegar a ellos.

La dirección tiene plena conciencia que cuando a la gente que integra a la organización se le brinda el lugar y rol de principal y no se la cercena circunscribiéndola en la definición de parte intercambiable se esta dando lugar a un motor de acción continua. La creatividad, motivación, calidad y compromiso se hacen presente se destacan en la actividad de cada día.

Enfoque sistémico e información constante.

La organización orientada al cambio tiene una cosmovisión integradora dentro de un enfoque sistémico.

Cada situación es portadora de información que nutre al cuadro sistémico.

La dirección ve en cada hecho o acción un elemento integrador y de él extrae información vital que retroalimenta el esquema estratégico.

Los acontecimientos revitalizan el plan haciéndolo palpable y verificable en cuanto a su concepción y fin.

Las comparaciones, analogías, mediciones y todo cuanto la realidad circundante ofrezca resulta fundamental. En la correcta percepción y recepción de ello se fundamentan las medidas correctivas del plan de acción y por ende, su vigencia.

Las finanzas, control irrestricto.

El elemento financiero es a la organización como el aparato respiratorio lo es para el cuerpo.

La buena utilización de las finanzas permiten a la empresa contar con los recursos indispensables para financiar el proceso de cambio y renovación.

De dicha definición se desprende el preciso y férreo control financiero que se impone para la organizaciones así orientadas.

Si bien puede sentirse como un freno las limitaciones financieros, la dirección sabe que la administración de dicho recursos permite a la firma disponer de la libertad suficiente para la creatividad e innovación.

El equipo, la tabla de salvación.

Muchas empresas, aún luego de grandes éxitos, caen en un estancamiento que a posterior da inicio a la decadencia tan temida.

La falta de cultura compartida, la falta del equipo, ideas mercantilista extremas sin cultura de servicio, la diversificación no planificada, etc., le colocan a la organización zapatos de plomo para caminar sobre el mar de la crisis.

El trabajo en equipo, la confianza entre los partícipes, la constitución de objetivos comunes; permiten la unificación de voluntades y la conformación de un fuerte espíritu de supervivencia y superación.

La dirección enamorada del cambio lo sabe y en su mensaje siempre esta presente la idea de nosotros como enunciado integrador.

Este clima de trabajo permite reducir la ansiedad e histeria común en las empresas desesperadas por combatir ese estancamiento que los conduce inexorablemente a la muerte organizacional.

El proceso como elemento representativo de la estabilidad.

La vida es un eterno proceso. De ahí que el desear la estabilidad como sinónimo de quietud es una utopía antinatural.

La dirección que enarbola el cambio en su gestión no desconoce el valor del proceso y se integra en él.

Asume al proceso como el elemento que conduce las fuerzas productivas hacia los objetivos previstos.

El proceso les exige quebrar constantemente con las estructuras vigentes, sin acciones alocadas, sin posiciones subversivas, sólo asumiendo que la caducidad de lo establecido es el ciclo natural al que debemos sujetarnos.

Así queda definido que la estabilidad posible y por tanto deseable no es otra cosa que montarse en el movimiento natural del proceso.

Menos discursos y más atención.

Históricamente, el ejecutivo a medida que subía en la escala jerárquica de la organización se iba encalleciendo. Las formas y estructuras agredían la capacidad de innovación de dicho hombre haciendo que lo aceptado sea lo que siempre se ha hecho dejando de lado todo aquello que pueda implicar un riesgo, como por ejemplo, el cambio.

Es allí donde tal hombre hace uso de discursos grandilocuentes a fin de invocar y compenetrar a su gente. Para las organizaciones amantes del cambio como ventaja competitiva esto no sirve.

Las organizaciones innovadoras aceptan a la palabra como elemento iniciador del proceso, pero exigen participación directa del ejecutivo.

A fin de ello demandan atención directa, tal como los niños a sus padres. Cuando ven tal compromiso por parte de la dirección se produce en el personal una integración superior que los involucra de sobremanera con los objetivos.

Cuando la dirección se involucra con la atención de su gente deseando y buscando el mejoramiento de su accionar, obtendrá eso, un mejoramiento del standard operacional.

Si la dirección luego del discurso, luego del mensaje se desentiende de su gente y no espera lo mejor de ellos, seguro que tendrá un nivel de eficiencia por debajo de lo posible.

Causa y efecto.

El hombre necesita de causas para involucrar su esfuerzo. Sin ellas, pocas cosas lo separan de la definición de planta.

Las empresas donde el cambio representa su médula espinal generan causas.

La dirección encuentra una causa y la transmite convenientemente a su gente. Son capaces de encontrar causas en situaciones impensadas.

Así, la calidad, el entretenimiento, la salud, etc., forman parte del mensaje motivacional del equipo. Toda causa genera un efecto y en las organizaciones de este tipo dicho efecto no es otra cosa que el compromiso.

El compromiso no es algo que se produce por decreto o decisión de la más alta jerarquía. El mismo se produce por efecto de una excelente comunicación y la interacción de la dirección mostrando su propio compromiso en la acción hacia los objetivos propuestos.

Cabe aclarar que el hecho de crear compromiso implica un riesgo.

Sucede que el compromiso hacia determinados objetivos o causas es tan fuerte que reducen la capacidad de la empresa hacia el cambio.

El compromiso debe ser conducido hacia el proceso y no hacia un objetivo determinado.

La consecución de los objetivos es el resultante del proceso y no a la inversa.

La impaciencia, la inteligencia y la acción.

Tres características que aplicadas en su justa medida resulta una fórmula de inusual vigor y poder.

La dirección involucrada con el cambio y la renovación es impaciente. Su espíritu innovador hace que el tiempo entre la decisión, la acción y el resultado sea una eternidad.

Esa impaciencia, natural y sana, se mide en términos de horas y es debidamente controlada con una fuerte intervención de la inteligencia.

La impaciencia impide cualquier lentitud o aletargamiento de los procesos. La no aceptación de las barreras que impidan el cambio es la virtud de tal característica.

La inteligencia hace que el efecto negativo de la impaciencia se canalice adecuadamente.

Cuando la dirección decide comprometer el esfuerzo de la organización hacia un determinado objetivo sólo Dios podrá modificar o impedir su obtención en tiempo y forma.

La impaciencia le da ritmo a la acción superadora y la inteligencia le da el límite y control.

Velocidad, firmeza, y pragmatismo.

El tiempo vale y para la impaciencia de la dirección más.

La velocidad está implícita en el cambio, la dirección lo sabe y hace de ella casi un dogma.

Como consecuencia de imprimir velocidad en el accionar se deviene la firmeza y el pragmatismo en la toma de decisiones.

Firmeza se requiere para sostener decisiones cuando el cuerpo social circundante aún no esta maduro para aceptar las medidas innovadoras. También se requiere de firmeza para aceptar los costos inherentes a toda ruptura de status quo.

Sin dicha firmeza la presión que es originada en la resistencia natural de la estructura produciría la desestabilización de la cúpula directiva y la organización.

El pragmatismo se impone dado la necesidad de no estar atado a esquemas de pensamiento u operacionales. Las decisiones se deben de tomar en razón de la capacidad de percibir las oportunidades, la capacidad de detectar lo esencial de la problemática, la capacidad para tomar las medidas adecuadas, la reducción de los procesos burocráticos y la obsesión hacia el resultado.

El futuro… esa realidad que se hace.

El futuro representa el escenario donde vamos a pasar el resto de nuestra vida.

Prepararse para afrontar el desafío del futuro implica dotarse de la mejor calidad de información posible. Tal información debe servir a las empresas para estructurar un plan profundamente dinámico, vivo e interactivo con el contexto.

Las empresas que se adueñaran del futuro serán aquellas donde su pasado no represente un encadenamiento, una cárcel conceptual que haga lento o imposible el cambio.

La capacidad de desprendimiento de lo que pudo representar el éxito del pasado y presente para dar paso a medidas innovadoras será el índice de factibilidad en la posibilidad de sobrevida de las empresas.

Las organizaciones son el medio social que permite al individuo superar las limitaciones de su individualidad perfeccionando y potenciando toda su capacidad.

El hombre es un ser que evoluciona por definición. El hombre actual se encuentra en un mundo cuya velocidad de cambio supera cualquier momento de la civilización.

La organización como institución conformada por hombres debe tomar dicho ritmo para seguir siendo portadora natural del espíritu social del hombre en su búsqueda de la mejor calidad de vida.