Seamos justos con el empresario o ejecutivo. Llamemos a las cosas por su nombre

Como consecuencia directa de escuchar atentamente las distintas voces que se alzan en noticieros, programas periodísticos o bien en reuniones privadas obtengo un fuerte enojo con la forma de expresarse de ciertos partícipes de la realidad económica argentina.

Uno de esos casos sucede al escuchar en algún noticiero el reportaje que se le hace a un ocasional representante del “pueblo trabajador” léase líder sindical. En dicho momento se da origen en mi un reclamo de justicia, al menos de reconocimiento o conceptual

La incomodidad manifiesta surge denominación que antes utilicé; me refiero a la denominación “pueblo trabajador” o simplemente “los trabajadores; nombre por el cual el sindicalista o político populista pretende señalar al grupo de hombres y mujeres que vulgarmente se los menciona como obreros o asalariados.

Sin tener la menor intención de alterar espíritus sensibles, afectar a especiales susceptibilidades o de ofender a nadie; siempre me produjo reacciones negativas dichos términos.

Quizás sea porque en mi vida, durante ya largos años, siempre he vivido una jornada laboral cuyo horario es similar al del antiguo cine de barrio que en mi niñez concurría; es decir, el famoso “horario continuado”.

O podrá ser que en todos los empresarios que he asesorado o son mis amigos o conocidos; he observado la misma realidad.

Si bien el método empírico que he utilizado puede tildarse de poco profesional o de escasa relevancia dada la limitada muestra que puede representar mi agenda, lo que sí me queda claro que dicha autoridad sindical, cuando se refiere a sus representados, se expresa incorrectamente.

No tengo dudas del esfuerzo y sacrificio que el “buen” obrero argentino pone en su labor cotidiana valoro su gestión y bien puede autodenominarse o que lo llamen “trabajador”.

No obstante, me permito señalar que tal “honorable” título no es de su exclusiva propiedad. También el buen empresario y en dicho término incluyo a la estructura jerárquica de cualquier empresa (sin importar la dimensión de la misma) es acreedora de tal calificativo.

Me es usual ver en una fábrica las luces de las oficinas luego de terminado la jornada fabril. Muchas veces esos horarios marginales son los que les permite a los ejecutivos reunirse con una mayor tranquilidad o donde pueden escribir sus notas con la debida concentración.

Es casi lo más “normal” (no quiero decir bueno ni natural sino común) observar como la familia o los hijos esperan pacientemente la llegada del padre o esposo para cenar y éste siempre acelerado aveces mediante el oportuno celular avisa que empiecen sin él dado que no llega.

Es casi un compromiso contractual que el ejecutivo no duerma o lo haga mal dadas las preocupaciones que pueblan su mente aún cuando ésta debiera descansar.

Es casi “una tradición” que en el fin de semana, en la casa de fin de semana, en el club o simplemente en su casa el ejecutivo siga “enchufado”; con la consecuente irascibilidad, intolerancia o constantes jaquecas y malestares estomacales como consecuencia directa de la adicción al trabajo (enfermedad laboral que no esta contemplada en las indemnizaciones por accidentes o enfermedades del trabajo).

Para nada quiero yo hacer una apología de la heroica labor del ejecutivo en desmedro de la realizada por otros individuos. También, cabe aclarar, que me resulta de extrema claridad que en muchos casos esas extensas y extenuantes jornadas podrían reducirse utilizando diversas técnicas que management hoy tiene a su disposición (no se olvide de cuál es mi trabajo).

Sólo me limito a describir la realidad de muchos. Sólo actúo como testigo y partícipe de la actualidad empresaria argentina y de allí proviene la descripción expuesta.

Me parece absolutamente correcto y acertado utilizar la denominación “trabajador” a todo aquel que mediante su gestión de trabajo contribuye su bienestar particular y consecuentemente al bien social en la medida que tal adjetivo incluya a todos aquellos que llevan a cabo tal noble acción. En otras palabras, no hay duda que muchos obreros y asalariados del país se ganan con creces tal título pero tampoco a mí me caben dudas sobre los sobrados méritos que tienen muchos ejecutivos y empresarios para participar ellos también de dicha distinción.

Es hora que el sindicalismo o aquellos que dicen representar al obrero argentino sé de cuenta que un país no crece sobre la base del exclusivo esfuerzo y sacrificio de la masa obrera. También los “otros” aportan al menos igual sacrificio y dedicación, por tal, es justo reconocerles al menos pertenecer al mismo equipo y, por consiguiente, ser llamados con idéntica denominación.

Así que, a llamar a las cosas por su nombre y no endilgarse títulos honoríficos en exclusividad cuando estos son de muchos y no de un selecto grupo.